Madurez
En el que cuento mi experiencia con lo más parecido que hecho en mi vida a los Búfalos Acuáticos. Y no, no hablo de los masones.
El otro día recibí una llamada misteriosa. Me proponían asistir a una movida interesantísima pero de la que no puedo hablaros porque, si os contase más cosas, tendría que mataros. Y no, no era El Club de la Lucha. Corcho, ahora, por culpa de este post, me echarán también de El Club de la Lucha. Siempre me quedará El Club de la Burger, claro.
El caso es que, sin poder daros ningún detalle sobre la secretísima actividad, sí puedo aseguraros de que no era nada de los masons y que el reto consistía en hablar de cosas tope importantes. En este caso, el tema principal era la madurez. Y claro, ahora no sé si usar la expresión “tope importantes” es una señal de inmadurez. Pero tendré que vivir con ello. Es marginalmente mejor que “mazo de importantes” y, si no escribo chorradas, pensaréis que esto lo hace una IA y perderé la bolsa de palomitas que puedo comprar todos los años a mi sobrino gracias a vuestras suscripciones de pago. No es que seáis unos tacaños, es que el precio que os cobro es muy bajo y las palomitas en el cine son MUY CARAS.
Pero volvamos a la madurez. Toda la conversación tenía que girar en torno a una preciosa cita. “Exister consiste à changer, changer à se mûrir, se mûrir à se créer indéfiniment soi-même”, de Henri Bergson en ‘La evolución creadora’. Tipo importante Bergson. El escritor y filósofo francés tuvo un par de greatest hits, como el Nobel de Literatura y la inclusión de dos de sus obras en el Índice de Libros Prohibidos por la Iglesia Católica, en compañía de tipos tan ilustres como Sartre o Copérnico.
Dato curioso: El dichoso Index tardó 400 años en llegar a 4.000 volúmenes antes de su abolición, en 1966. Sólo en el año escolar 2023-2024, se registraron más de 10.000 prohibiciones de libros en escuelas públicas de EE. UU., afectando a unos 4,000 títulos únicos. Puedo aceptar que una parte significativa de esa cifra sea literatura erótica de dinosaurios, pero probablemente se les haya ido las cosas de las manos. En el curso 2024-2025, Stephen King fue el autor más vetado, con 87 libros distintos sujetos a 206 prohibiciones distintas en diferentes distritos electorales.
Pero volvamos a la cita. “Existir es cambiar, cambiar es madurar, madurar es crearse a uno mismo constantemente”.
Teniendo en cuenta la cantidad de veces que he visto ya el vídeo de Luigi Primo, el wrestler pizzero, soy la peor persona del mundo para hablar de la madurez. Sin embargo, me calcé los ropajes secretos, fui al sitio misterioso y asistí a una conversación maravillosa en la que muchos sujetos más listos que yo hablaron con muchísima más brillantez.
Iba armado, eso sí, con una frase preciosa de David Bowie. “Creo que envejecer es un proceso extraordinario por el que te conviertes en la persona que siempre tuviste que haber sido”. Pero claro, ¿no chocaba un poco con la idea de Bergson? ¿No era más inmovilista al plantear una suerte de destino?
Así que tuve que mover un poco la aguja: ¿Y si la persona que siempre debiste ser es una persona que no deja de cambiar?
Una persona que me quiere mucho me dijo el otro día que una de mis características tenía que ver con mi incansable capacidad de seguir aprendiendo y descubriendo. No es mala definición. Mi madurez es eso. Y la de mi santa es parecida, aunque con algunas diferencias. Ella, por ejemplo, adora la educación formal y está siempre sacándose créditos de movidas. Si lo sumas todo, tiene como doce carreras.
En mi caso, desde hace ya 25 años, es todo más random. No necesito mucho más reconocimiento formal que mi vieja licenciatura. Ésa que, según el papel que me descargué el otro día en plena fiebre por un Whatsapp viral, equivale a un nivel 3 (Máster) del Marco Español de Cualificaciones para la Educación Superior (MECES) y un nivel 7 del Marco Europeo de Cualificaciones (EQF).
Ésa que no he tenido que presentar nunca en ninguna parte, pero, de alguna manera, me ha valido para cotizar durante 9.406 días y dar clases cuando me lo han pedido. De hecho, sigo impartiendo una diminuta parte del máster de UNIR sobre CPS y, en breve, repartiré aún más estopa con Recuenco en Kriterion, donde impartiremos cuatro sesiones sobre Personotecnia y Propuesta de Valor.
Madurez variable
Lo más interesante para mí de esta conversación furtiva fue que se percibía que la madurez significaba cosas distintas para muchos de nosotros, y que todo dependía del momento vital en el que estuviésemos.
Para algunos, la madurez estaba intrínsecamente ligada al número de hostias recibidas. Eres más maduro porque has superado más cosas. Tiene sentido.
Para un artista, la madurez tenía mucho que ver con haber sido capaz de mantener vivo al niño anterior. Para un exdirectivo de mucho petarlo, estaba asociada al desvanecimiento del ego y al reencontrar nuevas formas de utilidad. En algunos casos que se mencionaron, la madurez sí tenía que ver con el sufrimiento o la pérdida, pero a menudo estaba asociada al amor que se puede generar a su alrededor.
Me gustó, de hecho, la cantidad de veces que se habló de amor. Incluso tuvo presencia el amor de Dios, para aquellos que se sienten abrazados por él. Se habló, por supuesto, de la madurez como ese momento en el que todos esos otros caminos que antes siempre parecían abiertos se desvanecen a tu paso, convirtiendo el frondoso árbol de la vida, de la sabiduría y del bien y del mal, en una rama cada vez más pelada.
Y hablando de manzanas, se habló también de la madurez como se habla de las frutas. ¿Llega un momento en el que se nos puede coger del árbol y, pasado un tiempo, nos caemos para deshacernos en el suelo? ¿Dejamos semillas si lo hacemos? ¿Qué legados quedan de nuestro paso por el mundo?
Por supuesto, se confundió la madurez con el envejecimiento. En este sentido, manifesté que en determinadas personas la madurez llega muy temprano, se conserva muchos años y nada de lo que queda después es necesariamente mejor que lo que hubo antes. No lo dije por pudor, pero también pensé muy en serio que, si algo nos ha demostrado el caso Epstein, es que la vejez, acompañada de dinero, puede provocar inmensas lagunas de madurez. Mucho ojo con el lado oscuro del amigo Pelderic.
Volví a casa pensando: “Tengo que decirle a mi mujer que hemos estado hablando de coches y de mujeres desnudas, porque no se va a creer que hemos hablado de pérdida, dolor, vejez, amor y sufrimiento”. O cuántas veces la cosa se ha vuelto altamente emotiva”.
Optimus Prime
Los jóvenes utilizan un concepto curioso, el de “estar en tu prime”. Para ellos, supongo, es unidimensional y reducido a un número de experiencias limitadas. Para mí es significativo y multidimensional.
Evidentemente, no estoy en mi prime físico, pero sería un debate justo preguntarse si alguna vez lo estuve y si, precisamente por eso, no me sería imposible repescarlo. Últimamente, he empezado a convertir mi principal obra social, el gimnasio, en un proveedor de servicios y no me parece imposible lograr mejoras sustanciales.
Desde un punto de vista intelectual, sí me siento fuerte. Todo lo que he absorbido durante años se mueve a gran velocidad por mi cerebro y me permite lanzarme a cada vez más aventuras desafiantes. Mientras duren la plasticidad neuronal y la mielina, puedo estar en un gran momento.
Afectivamente, me encuentro más cerca que nunca de las personas a las que quiero, y creo que la paternidad me convirtió en una persona muchísimo mejor de lo que era antes. Mi mujer, que se enfrenta a sus propios desafíos, ha sido para mí un ejemplo de superación y, juntos, hemos conseguido mejorarnos mutuamente y entendernos mejor a pesar de nuestras diferencias. Después de más de 20 años, nada mal. La pérdida de mi hermano me obligó a asumir otros roles. Intento ser mejor hijo porque soy el que queda, y mejor tío, porque hago más falta. A veces lo consigo, a veces me quedo por el camino. Lo intento siempre.
No me cuesta imaginar la madurez como la planteaba Bowie, pero asumiendo la llegada a una meseta irregular. Subes, te estabilizas con altibajos, e intentas que el declive sea lo bastante suave como para conseguir atraer suficiente gente a tu funeral. Envidié el de Fernando Ónega, muy reciente, que fue un recordatorio de que no hay mal tanatorio ni mal funeral siempre que estén reventados de famosos. La alternativa es la de Gene Hackman, quien falleció aproximadamente una semana después de que su principal cuidadora, su mujer, falleciese por hantavirus. No dejo de imaginarme esa semana en su cerebro ya deteriorado por el Alzheimer y en su cuerpo de 94 años enfermo y tembloroso. No creo que exista Dios, pero sí tengo claro que el ser humano siempre tiene un infierno a mano.
Recientemente, me he sentido bastante querido por tres jóvenes periodistas. Dos se leyeron ‘Cómo evitar que tus hijos estudien periodismo’ y de algo les sirvió. Al tercero le veo como un pequeño regalo que nos hemos hecho mutuamente. Hablar con ellos, y con los compañeros más jóvenes de mi empresa, es un pequeño gusto que me doy siempre que puedo. En FlixBus es fácil. Son todo chavales estupendos que curran a lo bestia y se esfuerzan en hacer del mundo un lugar mejor. Me dan ganas de seguir luchando por lo que es justo aunque sólo sea para abrirles el camino que, sin duda, se merecen. Madurar quizá también sea eso.
Es verdad que la muerte de mi hermano me hizo darme cuenta de la importancia de cumplir con todos los sueños ridículos mientras estén en nuestras manos. Pero la nostalgia que siento por él también es un recordatorio de lo mucho que le quise. Mi madurez, en parte, ha pasado por desprenderme del miedo, la culpa o la sensación de injusticia y aferrarme a todo el amor que sentía y siento por él. En algún momento se irán mis padres y, honestamente, sólo deseo que pasen ellos primero. Menos por egoísmo que por ahorrarles otro disgusto morrocotudo.
Mi opinión no importa
En todo caso, lo que yo considero que es la madurez no os sirve para nada. Vuestra perspectiva es mucho más relevante para vosotros. No hay dos cerebros iguales, así que no hay dos formas idénticas de ver la vida. Para algunos, la madurez será sentar la cabeza. Para otros, saber lo bastante sobre sí mismos como para mantenerla siempre lejos de la silla. Para unos será aprender. Para otros, enseñar. Descubrir películas o alimentos para los que no estabas preparado. Encontrar respuestas en el vacío o perseguirlas en el mundanal ruido. Charlar con Chatín —que es la única forma civilizada de llamar a ChatGPT— o con Claudio. ¿Sois un western moderno o uno crepuscular? ¿Sheridan o Eastwood? Eso lo decidís vosotros.
Otra curiosidad de mi experiencia secreta fue que probablemente yo no merecía estar ahí. No es la primera vez que supero mi utilidad o rango en una mesa, pero sí fue una de las más satisfactorias. Al menos, en esta ocasión ninguno de mis interlocutores me dijo que fuera a fichar a Neymar para, al final, no fichar a Neymar.
Quizá me animase a participar por la confianza no merecida propia de un señor privilegiado, alto, heterosexual, blanco, con pelo, no demasiado gordo, neurotípico y razonablemente bien educado. Tal vez sea la sinvergonzonería de un tipo cualquiera de Móstoles que nunca creyó que nadie fuese mucho mejor ni mucho peor que él. Pero ahí estaba, hablando sobre la madurez y sintiéndome maduro. Sí, la misma persona que se parte de risa cuando alguien dice la palabra “emperifollado”.
Porque sigo jugando a videojuegos, leyendo tebeos, comprando moñecos, inventándome chistes idiotas, escribiendo lo que me apetece, imaginando futuros y dibujando proyectos imposibles mientras, en la oficina, desafío a un enemigo en apariencia invencible sólo con el poder de la fuerza de mis dedos sobre las teclas, y la de la razón frente a la corruptela.
Conocía el hielo desde pequeño, incluso disfruté de los Frigodedos. Pero descubrí el verdadero miedo cuando me pusieron en los brazos a mi hija y supe que nunca podrían dejarla caer. O cuando llegó su hermano y la vida se volvió un doble o nada. O cuando perdí al mío y, de repente, tuve que ser un poco 3-en-uno, como el aceite multiusos.
Quizá la madurez sea como el pago por el móvil. Me pasé años escribiendo sobre su llegada y, cuando llegó, lo hizo tan a su ritmo que tardé años en darme cuenta de que ya había llegado y de que el pago en efectivo casi había desaparecido.
Soy lo bastante mayor como para limitarme a preocuparme por la madurez, mientras pienso algo menos en la vejez propia que en la ajena. Pero también me considero lo bastante listo como para asumir que, si el tiempo pasa tan deprisa desde ahora como cuando empezó a moverse al nacer mis hijos, tengo el equivalente de veinte minutos hasta que llegue mi última batalla.
Que no será contra los mafiosos del autobús. Será la pelea final para, mencionando otra vez a Eastwood, no dejar entrar al viejo. Bloquearle la puerta, ponerle trampas como el niño de Sólo en Casa y, si es necesario, luchar a brazo partido con él. O tirarle una pizza a la cara. Lo que haga falta. Al menos hasta que llegue con la muerte cogida de la mano.
PS. Este vídeo pega especialmente bien aquí, aunque lo descubrí pocos días después de terminar el texto. Es precioso.





He disfrutado mucho con este post Miguel Ángel. Me siento muy identificado.
Recuerdo cuando, tras seguir años tus acertados escritos sobre la tecnología, te encontré en la zona de prensa del MWC de 2014 (si mal no recuerdo).
Sin ser periodista logré colarme unos años con ese privilegiado pase y presenciar cosas como esta
https://www.lasprovincias.es/20140225/mas-actualidad/tecnologia/mark-zuckerberg-estrella-rock-201402251048.html