Los peones
En el que descubrimos, contra todo pronóstico, que Mecano se equivocaba.
Imaginad un Rey blanco escoltado sólo por blancos peones. Todos afines e incapaces de hacer otro movimiento distinto del de moverse una casilla hacia delante o del de comerse las fichas que tiene a sus diagonales.
De esta forma, el Rey se rodea de inútiles extremadamente confiados pero nada cualificados. Para que se note menos su falta de preparación, se adornan con cargos rimbombantes. Un peón hace las veces de Director General de Caballerías. Otro es el Presidente de Estructuras Masónicas.
A falta de movimientos, viven del relato. “Que vienen las negras”. Protegen a los suyos y se aseguran de que nadie que no tenga en regla el carné de peón pueda proteger nunca al rey. Son incapaces de leerse una presentación, entender un problema complejo o, mucho menos, resolverlo, pero entienden perfectamente cómo cobrar en efectivo las comidas y los gastos.
Alguien convenció a su Rey de que lo importante no era tener fichas expertas en lo suyo, sino favorecer como única virtud la cabeza redonda y la baja estatura. La gran ventaja es que todo esto hace que el Rey parezca mucho más alto.
Las piezas más útiles están completamente expuestas o, directamente, son devoradas por sus propios peones. Que, en el fondo, ni siquiera protegen al Rey, sólo a sí mismos, porque la única creencia que les mueve es la convicción de que un día terminarán siendo califas en lugar del califa.
Por supuesto, los alfiles, caballos, torres y reinas son piezas expertas en sus respectivos ámbitos. Conocen su trabajo y lo desarrollan de manera profesional. Pero nadie les presta demasiada atención cuando hacen una jugada brillante o desafían a los elementos, y cuando esta extraña disposición del tablero termina provocando pifias y accidentes, son ellos los que terminan a los pies de los caballos. Los del enemigo, se entiende. Y eso cuando no se los comen ellos mismos en defensa de sus desproporcionadas y romas cabezas.
Enfrente, con las negras, los peones sí que van por delante. A los mandos de quien corresponde, se comen en grandes titulares y sin esfuerzo a los alfiles del rival, se zampan a las torres expuestas y no dan salida a los pobres equinos.
Vemos al Secretario de Estado de Asuntos Eclesiásticos de las blancas, un penoso peón incompetente al que puede la presión, comiéndose una de sus propias torres. Era la única que sabía de albañilería y ya levantaba estructuras y andamios en las guerras antiguas, cuando el Frente de Liberación de las Negras con Boina intentaba derribarlas. Llora a lo lejos, tumbado al lado del tablero, ya fuera de la partida, aquel alfil que lo admiró.
La Reina, situada delante del Rey y no a su vera, fue la primera en caer y la más valiente. Devorada por un peón que había iniciado la partida en la extrema derecha del tablero. Se la comió con mentiras de peones y le bordó una rosa escarlata en la solapa.
Los alfiles, torres y caballos del rival se frotan las manos ante la matanza que ejecutan sin esfuerzo. El rey rival sonríe, ufano. Sólo tendrán que deshacerse de los enanos inútiles que rodean a su enemigo y ejecutar un mate sencillo.
Lamentablemente, las figuras negras pronto se darán cuenta de algo terrible. Y es que su Rey no es sino un peón coronado que ya tiene a sus propios elegidos, fichas en las sombras, de corazón tan negro como el de los blancos peones que aún están digiriendo.
Justo antes de empezar una nueva partida, aún más disparatada, ya colocados tres filas por delante del rey, que ya se ve completamente rodeado de cascoscuros, el caballo de obsidiana recuerda las lustrosas crines de su níveo enemigo. La torre oscura piensa en la limpieza con la que ejecutaba sus movimientos la Torre de Hércules que un día tuvo enfrente. El alfil piensa en lo sedosa que parecía la casulla de su rival.
Todos se preparan para una nueva partida. Los aviesos pezqueñines sonríen de nuevo en ambos lados del tablero. Mecano se equivocaba. En nuestro ajedrez siempre ganan los peones.



