La criatura
En el que aprovechamos la Semana Santa para contaros un cuento de terror. Si vosotros festejáis el regreso de alguien de entre los muertos, yo también.
Titi está de buen humor. Ha conseguido restablecer, gracias a un viejo generador que encontró en un bar, parte del suministro eléctrico del bloque de pisos donde viven las familias de uno de los primeros números de Velázquez. Cuando se desató La Plaga, nunca creyó que su pequeña comunidad pudiera resguardar a tanta gente durante tanto tiempo.
Siempre recordará que, en enero de ese mismo año, metió cien euros en Polymarket a que no habría una invasión zombi en España en 2026. Incluso formando parte del 95% de los críticos, siempre creyó que era una apuesta segura. Todavía, de vez en cuando, se pregunta qué diablos sabía el 5% que apostó su dinero por el fin del mundo. Especialmente porque, rodeados de las voraces alimañas en las que se habían convertido sus vecinos —especialmente los procedentes de Alcorcón—, el dinero había perdido todo su valor.
Sin embargo, el invento parece aguantar. Han organizado las defensas aprovechando la propia naturaleza de los bloques. Los edificios de la antigua promoción de Promocisa estaban lo bastante alejados entre sí como para albergar cultivos en los antiguos parterres, aprovechando la vía de Renfe como protección natural.
En el corazón, como en un castillo medieval, el Polideportivo Estoril II, vallado y con una única entrada, generaba un segundo perímetro. Albergaba a los más vulnerables y estaba preparado para el asedio. Allende sus puertas, la comunidad estaba protegida hasta Avenida Alcalde de Móstoles, por el oeste; Pintor Velázquez, al norte, y Pintor El Greco, al sur.
Saben de al menos dos comunidades más en la zona, después de la caída de La Princesa. Eso sin contar a los irredentos de Iviasa, un pequeño grupo que prefiere evitar las alianzas y parece subsistir del pillaje en los comercios y pisos de la zona, pero que no provoca problemas.
La más grande de las comunidades con la que aún mantienen contacto vía radio, es Parque Coimbra. Se aprovecharon de su relativo aislamiento del centro urbano y sus líderes, el consejo de Karens, como se autodenominan de manera irónica, parecen tenerlo todo bajo control.
Una de las grandes ventajas de ciertas zonas de Móstoles, cuando comenzó La Plaga, es que todo comenzó un miércoles laborable a las once de la mañana y fue extremadamente rápido. Eso, en una ciudad dormitorio que tiene trabajando a una quinta parte de su población en Madrid, permitió generar cierto aislamiento a cierta velocidad.
No tienen datos precisos, pero calculan que el punto cero de la infección en España fue Barajas, que permitió aterrizar de emergencia a un vuelo originado en Seúl. La situación de las obras en la A5 y la casi inmediata paralización de las Cercanías provocaron enormes colapsos en zonas como Aluche, Cuatro Vientos o Las Águilas.
Cuando los primeros muertos aparecieron en Móstoles, buena parte de los residentes estaban informados por TikTok y ya habían empezado a trabajar en las defensas. Titi fue el primero en pensar, después de descartar trasladar a su familia a algún pueblo de la España Vacía, en consolidar Parque Arlequín como una barrera natural y, junto a su grupo de amigos, levantó barreras de vehículos difíciles de atravesar.
Los más jóvenes, estudiantes que volvieron rápido a casa del instituto y teletrabajadores, se organizaron por turnos, armados con todo lo que habían pillado, para defender los accesos. Julián, el jubilado dueño de la antigua ferretería, fue fundamental en todo ese proceso, pese a su edad provecta. Los nacidos en el siglo veintiuno no entendían ninguna de sus referencias a M.A. Barracus ni a la furgoneta del Equipo A. Pero a Titi siempre le hacían sonreír. Era su McGyver particular.
Dos meses después, Titi consideraba prácticamente imposible que ningún zombie entrase en el conjunto. Quizá por eso, cuando escuchó los gritos procedentes de la finca situada frente al kiosco de la calle Españoleto, no entendió muy bien a qué podía deberse. Cogió del colgador artesanal de la pared a Lucinda, su viejo bate cubierto de alambre de espino —algo se aprende en The Walking Dead— y salió corriendo en dirección a los gritos. Creyó haber visto a sus hijas jugando no muy lejos de allí.
Bajó las pulsaciones, al menos por el momento, cuando se encontró a sus retoñas, que corrían juntas, cogidas de la mano. Parecían estar bien y, al menos a primera vista, no presentaban heridas. Sin mordiscos aparentes. La mayor, Julia, se abalanzó sobre él y le abrazó.
—Lo siento, papá, perdónanos.
—¿Por qué, hija? ¡Tranquilízate! ¿Qué ha pasado?
—Te juro que estábamos jugando, no imaginábamos que algo así pudiera pasar.
—¿Jugando a qué?
—A la publicidad. Estábamos con el grupo de Mario, el hijo de Isaac, en el garaje de la finca. El juego consiste en ir recordando todos los anuncios que ya no podemos ver en Insta o en YouTube.
Titi se quedó lívido. Había temido mucho tiempo este momento. La posibilidad de que alguno de los muertos vivientes fuese capaz de romper sus defensas siempre le atormentaba. Pero si había comenzado un brote en un garaje, es que alguien había hecho mal su trabajo. Muy mal. Y él mismo había estado en la cuadrilla que se aseguró de exterminar a los (pocos) muertos que habían logrado aparcar, huyendo de Madrid, antes de convertirse en una de esas apestosas criaturas.
—¿Qué pasó entonces? —insistió, intentando no sacudir demasiado a su hija mientras intentaba extraerle la información.
—Pues que Marisa dijo algo y, de repente, debajo del coche más cercano apareció una de esas cosas. Era muy rápida, papá, y empezó con Marisa. Dios, empezó a comérsela desde los pies. En las películas no se los veía comer.
En algunas películas no se les veía comer, o no reflejaban la asquerosa vileza de lo que para ellos ya era la vida cotidiana. Además, sus zombies no eran como los de las películas. Se recreaban con la comida hasta que su víctima se transformaba. No daban bocaditos. Eran como su tío Juan con un cochinillo de Segovia. Pero con más sangre y más vísceras. Menos que en el gore, más que en el simple terror. Si la inesperada criatura había empezado por los pies de la niña, Marisa sin duda se habría convertido, pero tendría que arrastrarse para perseguir a otros niños.
—Marisa no tardó en convertirse, así que la criatura se levantó muy deprisa, Papá. Debió haber sido muy atlético, aunque ahora estaba totalmente calvo. Y te lo juro, papá, apareció de la nada. Hubiera jurado que no estaba ahí antes. Es como si Marisa le hubiese invocado sólo con lo que dijo. Salió de entre las sombras.
—¿Pero qué dijo Marisa? —le preguntó Titi antes de enderezarse, coger con más fuerza el bate y prepararse para responder a la infección. No habrían sido capaces de abrir el portón del garaje. Si las criatura tenían que salir, saldrían por la puerta principal del inmueble. Vio que ya estaban esperando a las puertas Javi, Reyes, Carlos y Edu, el padre de Marisa. Todos armados con lo primero que habían encontrado. Sabía que podría contar con ellos.
—¿QUÉ DIJO?.
—”¿Sabes cuánto cuesta tu coche?”.
—Maldición. No. No puede ser. Es imposible. ¡Imposible!
Atravesando las puertas, como una exhalación, apareció la criatura que le daría pesadillas el resto de su vida. El zombie al que no podrían matar porque siempre, en algún lugar, habrá algún incauto que se pregunte cuánto vale su coche.
—¡ANTONIO LOBATO!


